• Ángel Adrián Fernández

Dificultades en el trabajo - Las distracciones


Éste es el primer escollo que se le presenta a la persona que empieza a practicar. Las distracciones, generalmente, son producidas por preocupaciones, sobre lo que se ha de hacer después, o lo que ha sucedido antes, o lo que se recuerda que hay que hacer el día siguiente, etcétera. Toda persona que se decide a practicar descubre esto enseguida.

Es muy fácil distraerse, y por mucho que uno quiera evitarlo, por mucho que uno se enfade, el mecanismo de la distracción sigue funcionando así o todavía más. ¿Qué debe hacerse para superarlo? Al hablar de la práctica indicaremos los preparativos necesarios para conseguir que estas distracciones disminuyan ya desde el principio; pero que disminuyan, no que desaparezcan, ya que no puede darse una fórmula fácil en este sentido. ¿Qué podemos hacer pues? Hay varias cosas que puede hacerse, pero la principal de todas es la

indiferencia, el no dar importancia a las distracciones, no tratar de luchar contra las ideas que se interfieren en nuestro trabajo de concentración.

Si me encuentro de repente distraído pensando en las cosas que he de hacer al día siguiente, pues bien, que siga eso su camino, yo vuelvo otra vez a conectar mi atención hacia lo que es mi trabajo. Si en el curso de mi nuevo intento aparece como de refilón otra idea, bueno, pues que pase, yo sigo con lo mío. Si yo me propongo apartar las ideas una y otra vez, haré mucha gimnasia en relación a apartar ideas pero no haré nada de concentración. Es preciso que uno aprenda a dirigir su mente adonde quiere pero sin estar pendiente de prohibir el paso a todo el resto. Esto ya llegará, pero al principio uno no ha de pretender que todo se calle interiormente porque uno ha decidido no pensar en esto o aquello en aquel momento, no; uno ha de aceptar que por dentro hay cosas que se mueven. Bien, pues que se muevan; pero a pesar de que se muevan, yo quiero estar pendiente de esto que me interesa, por lo tanto debo dirigir la atención a esto (aunque pasen otras ideas).

Yo no debo ir tras las ideas como un niño que está estudiando y cuando pasa una mosca se queda mirando a ver dónde va la mosca; esto es lo que nuestra mente está haciendo constantemente. Pues bien, no debemos enfadarnos ni con la mosca ni con nosotros mismos, simplemente, sin perder tiempo volvemos tranquilamente al objeto de nuestra atención, y eso con una paciencia incansable.

En el trabajo interior nunca hay que utilizar la violencia, nunca hay que utilizar el mal genio ni la impaciencia, nunca hay que utilizar la voluntad de una manera crispada, porque con eso sólo conseguiremos tensionar, crispar los mecanismos internos, y quizá desarrollar un tremendo dolor de cabeza en lugar de la concentración.

Nuestra mente requiere ser manejada siempre con mucha suavidad, siempre suavemente pero con energía, con decisión. Es fatal para nuestra mente el querer reaccionar con enfado, con violencia, con exigencias. Por lo tanto, la forma de actuar ante las distracciones es, o no haciéndoles caso o si uno les ha hecho caso volviendo decididamente al objeto del ejercicio. Las distracciones, al principio son inevitables y uno ha de considerarlas como parte

del trabajo; más adelante, cuando se empiezan a descubrir cosas, a tener experiencias interiores, entonces esto ya no representará un gran obstáculo, esto solamente ocurre al atravesar la primera etapa. Después uno empieza a tener unas vivencias, unos estados interiores muy concretos, y entonces al centrar su mente en aquellos estados que ya existen, que ya funcionan y que son fuertes, entonces aquello elimina, barre, toda esa cantera de distracciones que proceden siempre de una zona más superficial. Pero al principio no hay más remedio que tener paciencia con las distracciones y saber usar más de la suavidad que de la crispación.

Fuente: Antonio Blay

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